Taxonomia: nuevo sistema de clasificación
El código animal
Por Federico Kukso
Ordenar es conocer. En particular,
si lo que se trata de conocer es la totalidad de las especies del planeta. Aunque
pretenciosa, ésa es la tarea de la taxonomía (parte de la biología
dedicada a la clasificación de los seres vivos) que actualmente se encuentra
en una encrucijada: por un lado, sólo se ha categorizado el diez por
ciento de los 30 a 50 millones de especies de animales que -según estiman
los especialistasexistirían en la Tierra, y por el otro, es una lucha
contra reloj pues a cada momento una nueva especie comienza a formar parte del
libro de la extinción. A lo cual se le debe agregar la inexistencia de
un método único de clasificación taxonómica para
todos los animales, bacterias, hongos, etc. Ante tal panorama, un zoólogo
canadiense propone patear el tablero y establecer un nuevo sistema de identificación
y clasificación animal basado en una suerte de código de barras
universal que todo ser lleva en su interior: el ADN mitocondrial. Es decir,
en vez de basarse en lo exterior (la forma) o la apariencia, que puede prestarse
a la confusión y aun al malentendido, el nuevo sistema propuesto se centraría
en el interior (el ADN mitocondrial), que no da lugar a dudas. Y como si fuera
poco, propone utilizar números en vez de palabras para identificar animales,
plantas, bacterias y todo lo que vive. "La idea de un sistema de clasificación
animal basado en el ADN mitocondrial surgió hace tres años cuando
pensé cómo los supermercados utilizan el código de barras
para distinguir la gran cantidad de productos que ofrecen. Esto me llevó
a comprender las numerosas combinaciones utilizadas por este sistema, así
como reconocer que el ADN ofrece el mismo potencial", explicó a
Futuro Paul Hebert, profesor de la Universidad de Guelph (Canadá).
La vida entre barras Sin embargo, no es dentro del núcleo de las células
de los seres vivos donde el zoólogo canadiense cree que se debería
buscar ese código de barras. El mejor lugar para encontrar esta particular
firma biológica, según Hebert, estaría en el genoma de
uno de los componentes de la célula: las mitocondrias. Presentes en casi
todas las células animales (a excepción de los glóbulos
rojos maduros), estos orgánulos, esenciales para la producción
de energía y que están presentes en el citoplasma celular, tienen
su propio ADN. A diferencia del ADN común y corriente, que resulta de
la combinación del material genético presente en el óvulo
y el espermatozoide, y que se encuentra en el núcleo celular, el ADN
mitocondrial proviene casi sin modificarse exclusivamente de la madre, permitiendo
así reconstruir largas cadenas de linaje materno y es por lo tanto estable
en las especies.
Uno de los genes de este ADN mitocondrial llamó la atención de
los científicos canadienses: el gen cytocromo c oxidasa I (COI). "Nos
centramos en el COI rincipalmente porque es un gen ampliamente distribuido en
casi todos los organismos vivientes (plantas, animales, hongos, bacterias, etc.);
además es muy fácil de identificar y analizar", explicó
Hebert a este suplemento. Así, el COI funcionaría como un código
de barras. La idea es identificar numéricamente cada una de estas
variaciones. Como yapa, los investigadores estiman que el COI permitirá,
entre otras cosas, identificar relaciones entre especies, sus lazos de parentesco
e incluso sus más pequeñas variaciones evolutivas en el tiempo.
Aun así, no todas son flores: es imposible que cualquier sistema basado
en el ADN mitocondrial pueda resolver la complejidad de la vida. Por ejemplo,
una de las mayores complicaciones de este sistema consiste en identificar aquellas
especies que hayan emprendido procesos de hibridización o mezcla. Otro
problema, no menor, por cierto, es el costo: aproximadamente mil millones de
dólares.
La enciclopedia de la vida El primer emprendimiento de clasificación
de la vida fue conducido por los griegos. Alrededor el 350 a.C., Aristóteles
dividió a los organismos en dos grupos: reino animal y reino vegetal
e introdujo el término especie (entendido para entonces como "formas
similares de vida"). Hoy el término cambió de significado
y se considera la especie como "un grupo de organismos de una clase en
particular, estrechamente relacionados, que pueden entrecruzarse y producir
crías fértiles". Sin embargo, puede decirse que la taxonomía
nació oficialmente hace casi 250 años. Y como toda disciplina
científica tiene su "padre fundador": el naturalista sueco
Carl von Linneo (1707-1778). Lo que hizo Linneo fue ordenar jerárquicamente
los organismos vivientes en especies, familias, órdenes, clases, phylum
(tipo) o división. Además ideó un sistema binomial de nomenclatura
(aún en uso) que consiste en establecer el nombre científico en
latín, compuesto por el nombre del género primero y un adjetivo
o modificador, después. Así para hablar del lagarto verde, se
utiliza el nombre de Lacerta veridis, que primero
establece el género al que pertenece y luego el nombre específico
que lo distingue de otras especies que corresponden al mismo género.
Otro ejemplo es Homo sapiens (homo es el género, sapiens la especie).
Lo que se pretende con el proyecto de identificación a través
del ADN mitocondrial es implementar un sistema clasificatorio basado más
en números que en formas. "Aún hace falta decidir cuál
es la mejor manera de numerar las especies -comentó Hebert-. Me gusta
la idea de asignar un código numérico a cada phylum animal: por
ejemplo todos los anélidos (un tipo de gusanos) llevarían el número
10. Este código de phylum luego sería seguido por el "número
genético". Aún así, Hebert no pretende desterrar de
una vez para siempre el sistema ideado por Linneo y sus seguidores, pero sostiene
que la clasificación genética es más precisa que la linneana
vigente. Gracias a las nuevas técnicas de secuenciación del genoma
mitocondrial, la taxonomía puede entrar en una nueva era, sustituyendo
el gran sistema creado por Linneo, basado en la forma, por otro basado en las
secuencias genéticas (mitocondriales) propias de cada especie. La propuesta
de Hebert, ambiciosa, cara y aún en pañales, pretende trasfundir
precisión al desorden clasificatorio que, de a poco, ha invadido la disciplina.
Ahora lo que falta es lograr un consenso global para que de una vez por todas
se pueda establecer un criterio unificado capaz de soslayar las barreras, a
veces tan divisorias, del lenguaje.